lunes, 26 de octubre de 2026

Para qué educamos (todavía)

A finales de julio de 1973, en Valencia, el P. Pedro Arrupe habló ante el congreso de antiguos alumnos jesuitas de Europa. De ese discurso salió una idea que todavía se repite en los colegios de la Compañía de Jesús: formar hombres (y mujeres) para los demás. Cincuenta y tres años después, el 30 de julio de 2026, el P. Arturo Sosa, S.J., habló también ante antiguos alumnos, esta vez en el XI Congreso Mundial celebrado en Yogyakarta, Indonesia. Citó al P. Peter-Hans Kolvenbach, para quien la prueba de la educación jesuita está en lo que llegan a ser sus antiguos alumnos, y añadió que el sentido del trabajo educativo de la Compañía está en el compromiso de esos antiguos alumnos con la transformación de las relaciones sociales, para que todas las personas puedan vivir con dignidad y en armonía con el medio ambiente.


Entre un discurso y otro ha pasado más de medio siglo, y ambos nos interpela en el fondo sobre el propósito de nuestra misión educativa. En cómo vivir la misión de fe, justicia y reconciliación, que se nos ha encomendado en una realidad que se vuelve cada vez más cambiante e incierta. El P. Sosa habló en su discurso de una tradición educativa con pasado, presente y futuro, y eso nos recuerda que somos parte de una herencia. Apoyarse en ella obliga a volver la mirada, una y otra vez, a esta realidad y a ofrecer respuestas que no nos alejen de lo esencial.

En la RUEI hemos acompañado esa tradición con nuestro énfasis en formar personas conscientes, competentes, compasivas y comprometidas para la reconciliación. Las cuatro C's que son herencia de Kolvenbach, que en 1993 resumió así el objetivo de la educación jesuita. Detrás está la idea de excelencia humana, que a veces se confunde con buenas notas o con un lugar alto en los rankings. Aunque los contenidos son importantes, la tradición ignaciana piensa en la persona entera, en alguien que comprende su entorno, hace bien su trabajo y actúa para y con los otros. Seguir mirando la meta de la RUEI desde esta convicción supone revisar qué significa cada una de esas cualidades.


Hoy buena parte de esa revisión pasa por lo digital y las nuevas tecnologías. En Yogyakarta, el P. General retomó la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV, y se refiere a la inteligencia artificial como una de las nuevas fronteras. Desde ahí propuso releer las cuatro cualidades: la competencia incluye ahora usar la tecnología con criterio ético; la conciencia se extiende a lo que se hace en el mundo digital; la compasión tiene que alcanzar a quienes quedan fuera por la brecha digital, y el compromiso pasa también por exigir reglas justas para la IA.

Por ello, desde la RUEI seguimos apostando por una formación integral. Queremos que el acompañamiento, las experiencias de servicio y el tiempo para discernir sigan siendo el lugar donde nuestros estudiantes descubran para qué sirve lo que aprenden y a quién están llamados a servir con ello. Esa es la pregunta que Arrupe dejó abierta en Valencia hace más de cincuenta años, y es la que hoy, en medio de pantallas y algoritmos, seguimos haciéndonos cada día en nuestras aulas.

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